La mansión estaba en silencio cuando Cristóbal llegó.
Había dado vueltas durante casi una hora después de dejar a Ana en la carretera. Había manejado sin rumbo, sin dirección, con la mente en blanco pero el pecho ardiendo. No sabía qué le pasaba. No sabía por qué le costaba tanto respirar.
Finalmente, cuando la lluvia arreció, decidió volver.
Estacionó el auto y entró por la puerta principal con pasos lentos. La sala estaba vacía, iluminada solo por la tenue luz de unas lámparas. Caminó hacia l