Las puertas de la cárcel se abrieron con un sonido metálico que resonó en el silencio de la mañana.
Sofía salió con paso lento, los ojos entrecerrados por la luz del sol que no veía hace meses. Llevaba la ropa con la que había entrado, ahora demasiado holgada, y el cabello recogido en una cola de caballo desaliñada. A su espalda, las rejas se cerraron con un eco que sonó como un portazo al pasado.
Nadie la esperaba.
Eso era lo que ella quería. Por ahora.
Tomó un taxi y dio la dirección del apar