—No le diré nada, lo prometo —hizo un ademan con los dedos llevándolos a sus labios en medio de una risita traviesa—. Papi, bájame, por favor.
Renuente, Darius bajó a su pequeña hija y la vio acercarse con total confianza y familiaridad al recién llegado, quien de inmediato se agachó a besar su mejilla y entregarle el peluche de oso que había traído para ella. Sintió que le estrujaban las entrañas cuando se percató de la gran sonrisa de la niña y de la mirada emocionada y feliz que le daba.
Se