Aleksandr
La miro.
Ella está ahí.
De pie.
Inmóvil.
Pero veo sus rodillas tambalear, sus manos crispadas en los pliegues de su vestido como si quisiera arrancarse de ese cuerpo, huir, gritar.
Se enfrenta a mí como una condenada frente a su verdugo, pero no hay cadenas alrededor de sus muñecas. No.
La cadena soy yo.
Y la odio por eso.
Por este control que tiene sobre mí.
Por este poder que ni siquiera domina.
Me ha poseído sin tocarme. Me ha roto sin levantar la mano. Ella e