Apenas cinco minutos después de la orden de Demian, sus hombres regresaron. No tuvieron que asaltar la fábrica; solo amenazaron a un repartidor y le confiscaron toda la caja de helado de pistacho que llevaba.
Demian le entregó el primer bote a Valeria. Ella dejó de llorar instantáneamente, abrió el bote con frenesí y comenzó a comer con una concentración casi salvaje. La calidez había regresado, pero el humor estaba a flor de piel.
Demian, aún cubierto de ceniza y con la ropa rasgada, se sentó