Salimos después del almuerzo. León conducía él mismo, sin llamar al chófer. Yo iba en el asiento del copiloto con sentimientos encontrados: contenta porque vería a Adrián y a Lucas, pero inquieta porque León venía conmigo. No sabía cómo reaccionaría Adrián al ver a León llegar sin ser invitado.
El trayecto duró unos cuarenta y cinco minutos. Me sorprendí cuando el coche de León cruzó la gran entrada con pilares de mármol blanco. Frente a nosotros se extendía una mansión que no le iba a la zaga