A la mañana siguiente, volvimos a la mansión.
León conducía con una mano; con la otra sostenía mi mano fría. No la soltaba, pero tampoco devolvía su apretón. Solo miraba en silencio los árboles que pasaban por la ventanilla, escuchando de vez en cuando el suave rugido del motor.
Al llegar a la mansión, vi a Clara de pie en la sala de estar. No salió a recibirnos. Solo me miró con una expresión difícil de descifrar: no era ira, no era odio, pero tampoco era aceptación. Sus ojos recorrieron desde