El restaurante no era lujoso. Solo un lugar sencillo al borde de la calle, con mesas de madera y sillas de plástico. Pero el aroma a carne asada que salía de la cocina hizo que mi estómago rugiera.
Ethan estaba sentado en el regazo de Sebastián; de alguna manera ya se sentía muy cómodo con aquel hombre grande, y miraba el plato lleno de carne asada, patatas y verduras.
—¿Quieres comer solo o te ayudo? —preguntó Sebastián.
—Puedo solo —dijo Ethan con confianza. Tomó el tenedor y pinchó un trozo