Caminamos por el parque de la ciudad de Mánchester. El césped verde se extendía bajo un cielo despejado. Los árboles frondosos daban sombra en varias esquinas. Ethan corría delante de mí, llevando su T-rex verde, y de vez en cuando gritaba "¡Roarrr!" hacia los pájaros que se posaban en las ramas.
—¡Quiero helado, mami! —gritó mientras se daba la vuelta.
—Acabamos de comer el tentempié, cariño.
—Todavía tengo hambre.
—No tienes hambre. Solo quieres helado.
Ethan puso cara de súplica, una cara de