Estaba a punto de cerrar la puerta cuando Sebastián la bloqueó con su hombro fornido.
—No he terminado de hablar —dijo.
—Esta es mi casa y tengo derecho a pedirte que te vayas.
—Tienes derecho, pero yo también tengo derecho a saber.
Sebastián empujó la puerta y la abrió más. Entró en nuestro pequeño apartamento sin pedir permiso. Sus ojos recorrieron rápidamente cada rincón de esta estrecha habitación. El sofá pequeño, ya descolorido. La mesa de madera con la superficie desconchada. Las paredes