No dormí bien esa noche.
No por el miedo. El miedo específico de la pregunta que había hecho en el salón de Enzo —¿y yo?— y la respuesta que había recibido ya estaban siendo procesados. Lo que me mantenía despierta no era incertidumbre sino la necesidad de ordenar lo que sabía antes de poder hablar de ello con Valentino.
A las dos de la mañana encendí la lámpara de la mesita.
Valentino despertó.
—¿Aurora? —dijo.
—No. Estoy bien. —Hice una pausa—. Necesito contarte algo.
Se incorporó.
— · —
Se l