Diana llegó a casa de Enzo a las cuatro de la tarde.
Yo ya estaba ahí. Había llegado veinte minutos antes porque Enzo lo había pedido así: que yo estuviera en el salón adyacente cuando llegara Diana, que pudiera escuchar sin estar visible, que saliera solo cuando Enzo me llamara o cuando Diana lo necesitara.
No era una disposición elegante.
Era la disposición honesta de alguien que sabe que tiene que decir algo difícil y que quiere que la persona que lo escucha tenga apoyo disponible sin sentir