Las puertas del ascensor se cerraron y el mundo se redujo a una caja de espejo y acero.
Mi reflejo me devolvió la mirada desde tres ángulos diferentes. Sophia Marchetti. Empresaria. Imperturbable. Con el cabello perfectamente peinado y la blusa sin una arruga.
Nadie podría adivinar que por dentro me estaba desmoronando.
El ascensor subió con lentitud obscena. Cada piso que pasaba era un segundo más para procesar lo que acababa de ocurrir en el vestíbulo.
Margaret lo dijo.
En voz alta.
Frente a