El silencio se extendió como vidrio roto.
Mía seguía acurrucada en el regazo de Valentino, los ojos grises cerrados, la respiración del sueño que ya la reclamaba. Luca nos miraba con esa inteligencia precoz que me aterrorizaba.
Y Valentino me observaba con una pregunta que podía destruir todo.
—No, cariño —mi voz sonó demasiado aguda—. Él no es...
Las palabras se ahogaron.
Luca ladeó la cabeza y habló con la lógica devastadora de un niño de cuatro años:
—Mía siempre llama papá a los hombres que