El laboratorio privado abría a las nueve de la mañana.
Margaret McKenzie no esperó las nueve.
Llamó al director a las siete cuarenta y dos, desde el asiento trasero de un taxi mediocre —porque los taxis mediocres eran su nueva realidad—, con la voz de quien está acostumbrada a que el mundo se reorganice según su agenda.
—Necesito resultados en cuarenta y ocho horas.
—Señora McKenzie, el protocolo estándar es—
—Cuarenta y ocho horas —repitió—. O llamo al periodista que escribió sobre sus irregul