El teléfono estuvo en mi mano desde las seis de la mañana.
No lo solté para desayunar. No lo solté cuando Mía me pidió que le trenzara el cabello. No lo solté cuando Luca derramó la leche y el mundo siguió girando como si nada.
Carolina debería haber aterrizado en Turín a las siete cuarenta.
Eran las ocho y doce.
—Mamá, ¿estás enferma?
Luca me miraba desde el otro lado de la mesa con esa expresión seria que me partía el alma.
—No, cariño. Solo estoy pensando.
—Cuando piensas así, siempre pasa a