No respiré hasta que Margaret se alejó.
Cada paso que daba sonaba como una sentencia.
Click. Click. Click.
Sus tacones contra el mármol.
El eco de mi antigua vida persiguiéndome.
—Sophia.
La voz de Valentino me trajo de vuelta.
Giré hacia él.
Su rostro era una máscara de control, pero sus ojos me estudiaban con intensidad nueva.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Tenía razón.
Mis manos temblaban. Mi pulso galopaba. Y ese maldito hábito de tocarme la muñeca me había delatado frente a la única persona en