El salón de baile del Hotel Emperador olía a dinero viejo y ambición nueva.
Arañas de cristal colgaban del techo como lágrimas congeladas. Mármol blanco bajo mis tacones. Meseros en esmoquin ofreciendo champán en copas que costaban más que un mes de renta.
La élite empresarial de la ciudad reunida en un solo lugar.
Todos vestidos para matar.
Valentino me ofreció el brazo en la entrada.
—¿Lista?
No lo estaba.
Pero asentí de todas formas.
—Siempre.
Entramos juntos.
Y el mundo se detuvo.
No fue mi