La cita con la ginecóloga fue el miércoles por la mañana.
Valentino insistió en venir.
No como sugerencia. Como hecho consumado que apareció en mi agenda con su nombre al lado y una hora bloqueada en su propio calendario antes de que yo pudiera decir nada.
—No tienes que—
—Lo sé. —Me miró—. Quiero.
La ginecóloga se llamaba doctora Sanz. Cuarenta y tantos años, pelo corto y expresión de quien ha visto suficiente para no sorprenderse de nada pero que todavía tiene el tipo de calma que inspira con