El sonido de las tijeras cortando la seda era lo único que llenaba el taller de mi abuela. Elara —pronto sería Elara Andrews, una vez que le diera el "sí" a Sebastián— estaba de pie sobre el pedestal de madera, envuelta en metros de encaje francés y tul. Mi abuela Eloísa, con sus gafas de lectura en la punta de la nariz, ajustaba los alfileres con una precisión que rozaba la obsesión.
Había pasado un mes. Treinta días exactos desde aquel almuerzo que dinamitó mi estabilidad emocional. Treinta d