Jesse
El Onyx rugía. No con el ritmo comercial de una noche de sábado cualquiera, sino con la energía frenética de una manada de lobos celebrando su última noche de "libertad". Braulio, mi mano derecha y el hombre que había mantenido mi espalda a salvo en más ocasiones de las que podía contar, estaba sentado en una suerte de trono improvisado en el centro del Salón VIP 4. Tenía una corbata amarrada a la frente, una botella de bourbon premium en la mano y una risa que se escuchaba por encima de