Arthur Andrews
Cruzar el umbral del despacho de mi esposa siempre se había sentido como entrar en una cámara de vacío, pero esta noche, el aire pesaba con un hedor rancio a alcohol y a una presencia masculina que no era la mía. Ignoré el desorden sobre el escritorio de caoba —papeles revueltos, manchas de tinta negra que parecían sangre de calamar— y me fijé en ella. Christina estaba de pie junto al ventanal, con la espalda recta y una copa de cristal en la mano, como si fuera la dueña absoluta