El mundo exterior, con sus violines desafinados por la distancia, su champán de mil dólares fluyendo como agua y sus risas de cristal, se desvaneció en el segundo en que la espalda de Jesse golpeó la pesada puerta de madera de aquel cuarto de servicio. El chasquido del cerrojo resonó en mis oídos como el disparo de salida de una carrera que no quería correr. Por un instante eterno, el caos desapareció. No había una Hacienda Palacios reclamando mi atención, no había una Christina Andrews vigilan