El sol de Miami se filtraba por las persianas de madera de la casa de las Palacios, dibujando franjas de luz y sombra sobre la mesa de caoba que había sido testigo de tres generaciones de secretos, llantos silenciosos y triunfos amargos. El aire de la mañana olía a café recién colado, a pan tostado y a ese jazmín nocturno que siempre trepaba por las paredes de nuestra propiedad; un aroma que normalmente me devolvía la paz, pero que esa mañana se sentía extrañamente ajeno, como si mi propia piel