Capítulo 40: Sangre y gasolina
Damián condujo hasta el puerto viejo, lejos de los edificios brillantes y las cámaras de seguridad. Detuvo el coche frente a un taller mecánico cerrado, con un cartel oxidado que apenas se leía.
—¿Dónde estamos? —preguntó Elena, mirando por la ventana con desconfianza.
—En mi primer hogar —dijo Damián, apagando el motor—. Antes de ser el CEO, arreglaba motores aquí. Es el único lugar que mi abuelo y los italianos no conocen.
Bajaron del coche. El aire olía a sal y