El amanecer no trajo consigo ningún alivio, solo la cruda y pesada luz de una mañana que Cassandra no quería enfrentar. Cuando finalmente abrió los ojos, casi por obligación, el dolor fue lo primero que la saludó. Cada músculo de su cuerpo protestó, quejándose con punzadas agudas tras haber pasado la noche entera tirada sobre la dureza implacable del suelo. Se incorporó lentamente, frotándose el cuello entumecido, sintiendo que el frío de la piedra se le había colado hasta los huesos.
Al mirar