Acceder a los registros confidenciales de una corporación médica que había protegido sus secretos durante más de una década no era tarea para cualquiera. Requería las credenciales correctas y, sobre todo, una confianza ciega. Jordan no era vicepresidente, ni siquiera formaba parte de la junta directiva del conglomerado. Él era, a los ojos del mundo, simplemente el mejor amigo de Sebastian. Pero en la vida de un hombre inmensamente poderoso que se había quedado completamente solo tras la muerte