A la mañana siguiente, Cassandra bajó las escaleras con paso firme, vistiendo un suéter sencillo y un abrigo largo, intentando disimular el latido frenético de su corazón. En la mesa, Alexander y Sandro leían los informes financieros del día mientras tomaban café.
Al sentir su presencia, Alexander alzó la vista con desconfianza.
—¿A dónde vas tan temprano? —inquirió, observando que llevaba el bolso colgado al hombro.
Cassandra se armó de valor, manteniendo la voz calmada pero firme.
—Tengo que