La presión sobre los hombros de Cassandra se sentía cada vez más asfixiante. Los pasillos de la sede corporativa parecían más estrechos y el peso de las decisiones diarias amenazaba con aplastarla. Desde que le había devuelto el cargo directivo a Sebastian, la dinámica en la empresa se había transformado en un juego de ajedrez donde cada movimiento suyo era observado y calculado milimétricamente.
En su despacho, las carpetas de proyectos y los reportes financieros se acumulaban en montones que