Lo primero fue el olor a pólvora metido en la garganta y una tos que le partió las costillas. Sebastian tardó en entender que el piso no era el piso; era el techo del coche. Estaba colgado de cabeza, con el cinturón enterrado en el esternón. Trató de respirar, pero el aire no pasaba. Buscó el broche a ciegas, golpeando el plástico hasta que el mecanismo saltó y cayó de golpe. El impacto de la cara contra los vidrios rotos lo espabiló.
No hubo una decisión de salir. Fue puro instinto de animal.