Cassandra se sentía acorralada. Su propio cuerpo la estaba delatando de la peor manera y, por supuesto, entrar en esa espiral de contradicciones frente a su mejor amiga era lo último que necesitaba. Samantha todavía tenía sus enormes ojos fijos en ella, esperando pacientemente una respuesta, escudriñando cada microexpresión en su rostro.
—No ha pasado nada —soltó Cassandra, forzando un tono un poco frío—. Deja de imaginar cosas en donde no las hay.
Se lo repitió con una seguridad ensayada, pero