Han pasado dos semanas desde aquel aparatoso accidente en la autopista. La habitación del hospital estaba envuelta en un silencio que apenas se podía romper, apenas roto por el parpadeo constante de los monitores y el goteo rítmico del suero intravenoso que atravesaba la piel de la mujer.
Eleanor abrió los ojos lentamente. La luz blanca del techo le dolió en las retinas, obligándola a parpadear varias veces hasta enfocar la vista. Tenía el cuerpo entumecido, un dolor sordo martillándole las co