El corte abrupto de la llamada dejó a Cassandra con el teléfono pegado al pecho. Habría querido decirle tantas cosas más a Samantha, desahogarse por completo, pero sabía que era imposible. No podía darse el lujo de arriesgarse a ser descubierta por alguno de sus hermanos.
De hecho, el pequeño aparato en sus manos era un tesoro; le parecía insólito que hombres tan metódicos, analíticos y controladores como Sandro y Alexander hubieran pasado por alto un detalle tan crucial como confiscarle su te