En la sala de espera, el frío parecía calar hasta los huesos. Pero Cassandra apenas lo sentía.
Ella estaba sentada rígidamente en una de las incómodas sillas de plástico, con la mirada perdida en un punto ciego de la pared blanca. A su lado, Samantha la rodeaba con un brazo protector, atrayéndola hacia sí en un intento desesperado por transmitirle algo de calor, de anclaje a la realidad.
—No puedes volver a esa casa, Cassandra. Es obvio que ya no es seguro —murmuraba Samantha, con la voz cargad