Samantha negó con la cabeza, apretando el agarre sobre los hombros de su amiga, negándose a soltarla.
—No puedes quedarte aquí sentada esperando un milagro, Cassandra —le reprochó Samantha, sintiendo un poco de cariño y urgencia—. Y no podemos dejarte sola. ¡No voy a permitir que te vayas por ahí a la deriva, por donde sea! Soy tu amiga y estoy realmente preocupada por ti. Entiéndelo, no vas a poder quedarte acá instalada, y mucho menos podrás entrar a ver a Sebastian todavía. Las enfermeras fu