Minutos después, que parecieron eternos, los monitores del interior de la habitación comenzaron a cambiar su ritmo. El pitido agudo y desesperado dio paso a un pulso más acompasado, constante y regulado. La crisis había cedido. La puerta se abrió y el médico de cabecera salió al pasillo, quitándose el cubrebocas con el rostro cansado y una expresión de severa advertencia.
Antes de que el doctor pudiera articular palabra, Cassandra se puso de pie de un salto, corriendo hacia él con los ojos aneg