Sebastián sentía que ya no podría huir de los brazos de Loana, porque desde que la tuvo en sus brazos, no pudo sacarla de su mente ni de sus sentidos.
Era una mujer hecha a su medida, descarada cuándo le coqueteaba, pero al mismo tiempo, la envolvía cierta inocencia, y esa mezcla lo volvía loco.
Le encantaba su forma de ser y hasta anhelaba tenerla en su cama.
La miró y a su cuerpo exuberante, tal como le gustaba a él, se sumaba su mirada picante e ingenua, y esos labios que lo estremecía al se