Los murmullos de los invitados seguían flotando en el aire cuando los guardias se acercaron a Esteban, listos para escoltarlo fuera. Pero él no iba a irse sin pelear.
—¡Alanna, por favor! —gritó, forcejeando mientras dos hombres lo sujetaban por los brazos—. ¡Sabes que me amas, no puedes hacer esto!
Alanna no se inmutó. Su expresión era una máscara de indiferencia absoluta, como si Esteban no fuera más que un extraño haciendo una escena patética en su boda.
—¡Mírame! —siguió Esteban, luchando c