—¡Basta! —gritó su madre, interponiéndose entre ellos con lágrimas en los ojos—. ¡Lo estás lastimando!
Pero su padre no escuchaba. Esteban cayó al suelo, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. Su cuerpo entero ardía, pero en medio del dolor, algo dentro de él se fortaleció. No iba a ceder. No podía. No después de todo lo que había descubierto, de todo lo que había perdido.
Finalmente, su padre se detuvo, respirando con dificultad, su rostro rojo de ira. Esteban se levantó lentamen