Miguel estaba apoyado contra la pared del pasillo cuando escuchó la conversación entre su madre y Alanna. No podía creer lo que estaba oyendo. Su hermana, la niña dulce y sumisa que solía seguirlos con devoción, ahora se expresaba con una frialdad que lo indignaba.
Cuando Alanna salió de la habitación con esa actitud indiferente, Miguel no pudo contenerse más.
—¿Así que ahora te crees mejor que nosotros? —soltó con dureza, cruzándose de brazos frente a ella.
Alanna lo miró sin inmutarse.
—No es