Nathaniel descendió de su auto con un porte impecable, el viento frío de la mañana revolviendo ligeramente su cabello. Había pasado la noche pensando en Alanna, en su dolor, en la forma en que se había esforzado por terminar su presentación a pesar del sufrimiento evidente en su rostro. Y sobre todo, en cómo Leonardo había irrumpido en el baile y la había tomado entre sus brazos, sin darle siquiera una oportunidad de ayudarla.
Al cruzar las puertas de la mansión Sinisterra, fue recibido por uno