La sala estaba envuelta en una quietud tensa, el aire pesado entre Alanna y Leonardo. Ella, recostada en el sillón, aún con el rostro pálido por el dolor que sentía en su pierna, trataba de mantenerse tranquila mientras Leonardo, con una paciencia inquebrantable, le ayudaba a aliviar el malestar. La frialdad que Leonardo siempre transmitía parecía haber sido la única constante en su vida, pero hoy algo en su mirada mostraba una pequeña fisura, una humanidad que Alanna aún no sabía cómo interpre