La mañana llegó con una extraña pesadez. La señora Sinisterra se despertó con un dolor punzante en la sien izquierda y una náusea persistente que parecía anidarse en lo más profundo de su estómago. Al principio lo atribuyó al estrés o quizás a la falta de sueño, pero algo en su cuerpo le decía que aquello no era normal.
—¿Se siente bien, mamá? —preguntó Allison con su típica sonrisa fingida, acercándose con una taza de té entre las manos—. Le preparé su infusión favorita, con un poco de miel y