La tarde caía sobre la ciudad como una sábana de fuego y oro. Las sombras se alargaban en la oficina del piso veintisiete, donde el silencio era tan espeso que parecía que hasta el aire pesaba. Solo se escuchaba el leve tic tac del reloj antiguo colgado en la pared, y el golpeteo suave de los dedos de Miguel Sinisterra contra la carpeta que tenía sobre la mesa.
Frente a él, de pie, con el rostro endurecido por la tensión, Alberto Sinisterra recorría la sala de un lado a otro como una fiera enja