El motor del automóvil rugió suavemente mientras avanzaban por la autopista rumbo al aeropuerto. El reloj marcaba exactamente las 11:32 a. m., y el sol caía con fuerza sobre los ventanales. Leonardo mantenía una mano en el volante y otra entrelazada con la de Alanna. Iban en silencio al principio, con el aire acondicionado llenando los vacíos de la conversación.
Alanna lo miró de reojo, con una mezcla de asombro y ternura.
—No puedo creer que estés haciendo esto —dijo finalmente, rompiendo el s