El sonido de la puerta al abrirse rompió la tranquilidad de la casa. Enrique, que estaba en su estudio sumido en la lectura de un viejo poemario, levantó la vista con curiosidad. No esperaba visitas a esa hora, y mucho menos a ella.
Alanna cruzó el umbral con una expresión que no supo descifrar de inmediato. No había rastro de la calma que solía llevar en el rostro, ni de la tibia dulzura que siempre la envolvía.
Pero lo que más le inquietó no fue su expresión.
Fue su soledad.
—Alanna… —Su voz