Armyn entró en la habitación con pasos lentos, medidos, casi solemnes.
El aire estaba cargado, denso, como si la misma luna observara desde lo alto con el aliento contenido.
La penumbra bañaba las paredes de piedra y los tapices se mecían apenas con el viento que se colaba por la ventana entreabierta.
En el centro, sobre la cama cubierta por sábanas blancas, yacía él: el Alfa.
Su piel, antes tan firme y llena de vida, ahora parecía mármol pálido; sus labios, resecos y agrietados, exhalaban un hi