Los abuelos, al ver a su nieto, estaban tan emocionados que sus ojos brillaban con lágrimas. No podían dejar de mirarlo ni encontraban palabras completas.
—Fausto, mira, ¡es idéntico a Lucas cuando era pequeño! ¡Ay, es tan parecido! —Elena había perdido su habitual compostura y serenidad; incluso su voz temblaba de emoción.
El imponente y solemne Fausto, igualmente conmovido, observó fijamente al niño en brazos de Lucas durante un buen rato antes de asentir: —Sí, se parece mucho, pero parece más