La puerta de la villa se cerró detrás de ellos con un sonido suave, casi íntimo. La penumbra los envolvió. Solo la luz de la luna, que entraba por los ventanales de vidrio, iluminaba el camino hacia la cama. El mar sonaba afuera, rítmico, constante, como un latido gigante.
Mara caminó adelante. Sus pies descalzos apenas hacían ruido en el piso de madera. El vestido blanco de algodón se movía con cada paso, dejando ver la silueta de su cuerpo bajo la tela ligera. Joaquín iba detrás, con las mano