La noche había caído sobre el penthouse como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de luces que parpadeaban como estrellas caídas en el asfalto. El silencio era profundo, roto solo por el suave susurro de la brisa que entraba por los ventanales entreabiertos y el latido rítmico de dos corazones que latían al unísono. Joaquín y Mara estaban en la cama, enroscados en un abrazo que parecía desafiar al tiempo. El brazo de él rodeaba la cintura de ella, y la cabeza de ella descansaba en su pecho,